A ti, Encarni.

El pasado día 29, diciembre decidió llevarse consigo a una de las personas más ama2importantes de mi vida. No sé por qué tuvo que ser ella, colecciono intentos fallidos por buscar una explicación a su empeño. Era una profesora incomparable; firme siempre, entraba en el aula con una sonrisa que nos cautivaba a todos. Nadie se atrevió nunca a cuestionarla, ni siquiera cuando con quince años recién cumplidos nos mandaba analizar la poética de Cavafis. “Quiero sacar de ti tu mejor tú”, me decía citando a Salinas; “es mi forma de entender la enseñanza”.

Ostentó cargos y responsabilidades en el mundo del teatro y de las letras que, a mi corta edad, no hacían sino causarme aún más admiración por ella. Amaba el mundo clásico, especialmente Grecia –de la que se sentía hija adoptiva-­‐, y hacía que quienes la oíamos hablar pudiésemos recrear el dulzor de sus palabras en nuestra imaginación. Guardo con mucho cariño el surco de su letra cursiva en todos los libros sobre el mundo clásico que me regaló y dedicó en varias ocasiones. Con ella, también, descubrí a los grandes maestros de la tragedia y la comedia grecolatina.

El teatro formaba parte de ella, siempre como espectadora, y yo no pude hacer otra cosa que seguir sus pasos, como lo he hecho en muchos aspectos de mi vida. Fundamos juntas la Asociación Teatral Encarni San Millán, como homenaje a su trayectoria, proyecto en el que volcamos nuestro cariño e ilusión y con el que pude conocer a Plauto, a Sófocles y quién sabe qué vendrá después. En cierta ocasión, en los momentos en que los viajes en coche entre Madrid y Bilbao dejaban que la intimidad aflorase, me dijo que se sentía tremendamente afortunada de la familia que tenía. Sus hijos lo eran todo para ella y su “nietín”, la razón mayor de su felicidad. La veía sonreír a través del retrovisor.

Y hoy, aunque sólo sea por justificar la vida y sus vendavales, deseo reclamar a diciembre que también se ha llevado una parte de mí con ella. Que fue mi profesora, mi amiga, mi confidente, mi consejera, mi guía. Mi segunda madre. Desde la despedida a la que físicamente no me dio tiempo a llegar espero, jefa, que si en el Hades se te permite oír a quienes tanto te echamos de menos aquí arriba, sepas que ya no empleo demostrativos ni abuso del gerundio en mis redacciones; que en el último examen de bachillerato ninguno de mis alumnos entrecomilló ya el título de la obra literaria, todos la subrayaron; que no tendré flequillo corto para la función; que los trajes están casi a punto, negro y verde, como me aconsejaste; que Electra está evolucionando favorablemente a pesar de los nervios previos al estreno, ya me conoces; y que la recaudación de la venta de entradas voy a destinarla a la AECC, porque no se me ocurre una manera mejor de rendirte homenaje.

Gracias, Encarni: por haber sido el mayor referente de fortaleza que he conocido. Por haberme dejado formar parte de tu vida. Por los cientos de proyectos de los que me has hecho partícipe y por contagiarme de una energía que hoy hago mía en las clases, en el teatro y en la vida.

“A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero
que tenemos que hablar de muchas cosas
compañero del alma, compañero”.

Nahikari