A ti, Encarni.

El pasado día 29, diciembre decidió llevarse consigo a una de las personas más ama2importantes de mi vida. No sé por qué tuvo que ser ella, colecciono intentos fallidos por buscar una explicación a su empeño. Era una profesora incomparable; firme siempre, entraba en el aula con una sonrisa que nos cautivaba a todos. Nadie se atrevió nunca a cuestionarla, ni siquiera cuando con quince años recién cumplidos nos mandaba analizar la poética de Cavafis. “Quiero sacar de ti tu mejor tú”, me decía citando a Salinas; “es mi forma de entender la enseñanza”.

Ostentó cargos y responsabilidades en el mundo del teatro y de las letras que, a mi corta edad, no hacían sino causarme aún más admiración por ella. Amaba el mundo clásico, especialmente Grecia –de la que se sentía hija adoptiva-­‐, y hacía que quienes la oíamos hablar pudiésemos recrear el dulzor de sus palabras en nuestra imaginación. Guardo con mucho cariño el surco de su letra cursiva en todos los libros sobre el mundo clásico que me regaló y dedicó en varias ocasiones. Con ella, también, descubrí a los grandes maestros de la tragedia y la comedia grecolatina.
Sigue leyendo